EL LADO DE ADENTRO DEL ESPEJO



Ponencia leída en el Coloquio: “
MASONERÍA VIVA DEL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XXI: Sus Desafíos” en el marco de la Asamblea General y Coloquio de CIMAS No. 13, realizados en Curitiba, Brasil del 18 al 22 de septiembre de 2026.

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Por Margarita ROJAS-BLANCO M.·. M.·.

Gran Logia Central de Colombia - G.·.L.·.C.·.C.·.


Ilustre Hermana Presidenta de CIMAS María Victoria Blanquicet Barrios

Ilustres Hermanos y Hermanas miembros del Directorio de CIMAS

Ilustres Grandes Maestros y Grandes Maestras

Ilustres Hermanos y Hermanas Jefes de Delegación de las Obediencias miembros de CIMAS

Mis Queridos Hermanos y Hermanas en sus Grados y Calidades:


Hay días en que uno sospecha que los templos respiran.

No porque las columnas se muevan ni porque las luces titilen con un secreto antiguo, sino porque, cuando el silencio es verdadero, parece que las piedras escucharan mejor que nosotros. Tal vez la masonería siempre haya consistido en eso: aprender a escuchar aquello que no hace ruido.

Pero el siglo XXI es un siglo ruidoso. Las opiniones caen sobre nosotros como lluvia de verano. Todo debe responderse de inmediato, decidirse de inmediato, juzgarse de inmediato. Hemos aprendido a deslizar un dedo sobre una pantalla con admirable velocidad, mientras olvidamos el antiguo oficio de detenernos sobre una idea.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿Qué lugar ocupa una institución que invita a pensar lentamente en un mundo que recompensa la reacción instantánea?

Quizá precisamente ahí comienza nuestra tarea. No para oponernos al tiempo que vivimos, porque nadie construye el futuro caminando hacia atrás, sino para recordarle al mundo que existen ciertas cosas que necesitan madurar como los árboles y no como las noticias.

La masonería nunca prometió fabricar hombres perfectos. Apenas ofreció algo mucho más difícil: hombres y mujeres capaces de corregirse a sí mismos. La diferencia parece pequeña. No lo es. Porque quien pretende ser perfecto deja de aprender. Quien acepta su piedra bruta descubre que cada amanecer vuelve a encontrar una arista distinta. Sin embargo, también las instituciones tienen piedras que desbastar.

A veces confundimos tradición con costumbre. Otras veces confundimos respeto con inmovilidad. Hay rituales que iluminan porque siguen diciendo algo nuevo cada vez que los vivimos. Pero también existen palabras que repetimos con tanta frecuencia que terminan por quedarse vacías, como monedas gastadas cuyo dibujo apenas puede reconocerse.

No es el ritual el que envejece. Es nuestra manera de habitarlo. Tal vez por eso el mayor desafío de la masonería no consista en atraer jóvenes ni en adaptarse a las nuevas tecnologías. Esos son apenas síntomas de una pregunta mucho más profunda: ¿Seguimos siendo capaces de sorprendernos? Porque toda iniciación comienza con el asombro.

El día en que dejemos de asombrarnos frente a un símbolo, frente a una idea o frente al misterio de otro ser humano, ese día el templo seguirá abierto, pero acaso ya no ocurra nada dentro de él.

Vivimos una época fascinante. Una inteligencia artificial puede escribir sentencias, pintar cuadros, traducir idiomas y resolver problemas complejos en pocos segundos, pero todavía no sabe sentir vergüenza por una injusticia, ni conmoverse ante el dolor ajeno, ni experimentar esa extraña felicidad que nace cuando alguien comprende algo verdadero sobre sí mismo. Eso continúa siendo profundamente humano. Y justamente allí la masonería conserva toda su vigencia. No porque posea respuestas que nadie más tiene, sino porque continúa defendiendo el valor de las preguntas. Las buenas preguntas. Las que incomodan. Las que obligan a revisar nuestras certezas. Las que nos hacen salir del cómodo refugio donde siempre tenemos razón.

Quizá el mundo necesite menos personas convencidas y más personas dispuestas a comprender, porque la fraternidad nunca consistió en pensar igual. Consistió en seguir sentándose a la misma mesa después de descubrir que pensamos distinto.

Esa idea, tan sencilla y tan difícil, podría ser una de las mayores contribuciones de la masonería al siglo XXI. En tiempos de polarización, donde cada diferencia parece convertirse en enemistad, la logia sigue siendo uno de los pocos lugares donde el desacuerdo no debería romper la fraternidad.

Eso, por sí solo, ya es profundamente revolucionario. A veces imagino que un visitante invisible entra en cualquiera de nuestras tenidas. No entiende nuestros símbolos, ignora nuestros grados, desconoce nuestros signos, pero sabe observar, y al salir alguien le pregunta:

—¿Qué viste?

Y sería hermoso que respondiera:

—Vi personas que intentan ser mejores de lo que eran cuando llegaron.

Nada más. Nada menos. Porque una masonería viva no necesita demostrar su grandeza citando su pasado. La demuestra transformando su presente. 

Los viejos constructores levantaban catedrales sabiendo que probablemente nunca las verían terminadas. Nosotros heredamos esa paciencia. Nuestra obra tampoco concluirá con nosotros. Cada generación recibe un edificio inacabado y entrega otro apenas un poco más alto, como cuando un Venerable Maestro le entrega la logia al siguiente.

Quizá esa sea la verdadera inmortalidad de la Orden. No la permanencia de sus edificios. No la antigüedad de sus documentos. Ni siquiera la belleza de sus rituales, sino la obstinación de seguir creyendo, siglo tras siglo, que un ser humano puede convertirse en una mejor versión de sí mismo y que, cuando eso ocurre, también mejora un poco el mundo.

Y acaso las piedras sí respiren. No porque estén vivas, sino porque nosotros todavía podemos insuflarles sentido. Mientras eso ocurra, mientras exista una logia donde alguien entre con más preguntas que respuestas y salga con más humildad que certezas, la masonería seguirá perteneciendo al futuro, porque las instituciones envejecen y las ideas también.

Lo único que permanece joven es la decisión de volver a empezar y ese, quizá, haya sido siempre el verdadero secreto de la masonería.

Es mi palabra.