De especulativos a operativos. Concretemos hermanos, concretemos.

 


Ponencia leída en el Coloquio: “De especulativos a operativos. Ideas concretas para un mundo mas fraternalen el marco de la Asamblea General y Coloquio de CLIPSAS No. 65, realizados del 13 al 17 de mayo de 2026 en Sofia, Bulgaria. 
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Por Margarita ROJAS-BLANCO M.·. M.·.

Gran Logia Central de Colombia - G.·.L.·.C.·.C.·.

 

Ilustre Hermano Presidente de Clipsas Louis Daly

Ilustre Hermano Vicepresidente de Clipsas a cargo del Coloquio

Ilustres Hermanos y Hermanas miembros del Buró de Clipsas

Ilustres Grandes Maestros y Grandes Maestras

Ilustres Hermanos y Hermanas Jefes de Delegación de las Obediencias miembros de Clipsas

Mis Queridos Hermanos y Hermanas en sus Grados y Calidades:

Hablar de fraternidad y de paz en el mundo suele ser un acto elegante: palabras bien peinadas, conceptos que suenan redondos y una sensación agradable de estar del lado correcto de la historia. Casi como si bastara pronunciarlas para que el mundo, obediente, se acomodara. Pero no. El mundo no se arregla con discursos, aunque los discursos, bien usados, pueden al menos incomodar lo suficiente como para que alguien haga algo distinto después.

Vivimos tiempos curiosos: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, tan hábilmente separados. Nos indignamos en tiempo real, opinamos con fervor y, acto seguido, seguimos con nuestras vidas como si la indignación fuera una especie de gimnasia moral que nos mantiene en forma sin necesidad de mover un solo músculo en la realidad.

En ese escenario, la masonería corre el riesgo —y sería una ironía bastante pobre— de convertirse en una hermosa colección de ideas que se contemplan a sí mismas. Una especie de museo del pensamiento fraternal donde todo está perfectamente ordenado… excepto el mundo allá afuera.

Porque sí, hemos aprendido a trabajar la piedra bruta, a pulirnos, a pensar, a cuestionar. Hemos sido, durante mucho tiempo, magníficos especulativos. Y no hay nada malo en eso… salvo cuando se vuelve suficiente.

El problema empieza cuando confundimos la comprensión con la acción, como si entender la fraternidad fuera lo mismo que practicarla. Como si reflexionar sobre la paz tuviera, por sí mismo, algún efecto sobre la violencia. Es una idea tentadora: pensar que el mundo mejora porque nosotros lo pensamos mejor.

Pero el mundo —terco, imperfecto, bastante indiferente a nuestras elucubraciones— sigue esperando otra cosa.

Pasar de lo especulativo a lo operativo no es traicionar la esencia de la masonería; es, en todo caso, tomársela en serio.

Ser operativos hoy significa algo incómodo: que no basta con ser lúcidos en el templo si afuera somos indiferentes. Que no sirve de mucho hablar de igualdad si en la práctica toleramos pequeñas injusticias porque “no nos corresponde”. Que la fraternidad no es un concepto abstracto sino una práctica concreta… incluso cuando resulta poco elegante, poco cómoda o poco aplaudida.

Y aquí empiezan las malas noticias: no hay fórmulas mágicas.

Pero sí hay caminos.

El primero —y quizá el más subversivo en estos tiempos— es el diálogo real. No el diálogo decorativo donde todos hablan y nadie escucha, sino ese otro, más difícil, donde uno corre el riesgo de cambiar de opinión. En un mundo que se alimenta de certezas absolutas, sentarse a escuchar al otro puede parecer una pérdida de tiempo… o una pequeña revolución.

Las logias podrían ser, si quisieran, algo más que espacios de reflexión interna: podrían convertirse en territorios de encuentro entre diferencias. No para resolverlo todo —eso sería demasiado optimista—, pero al menos para empezar a desarmar la lógica cómoda del “ellos contra nosotros”, que tan buenos resultados ha dado… para empeorar las cosas.

El segundo camino es la educación. No en el sentido solemne y distante, sino en el cotidiano: enseñar a pensar, a dudar, a no tragarse entero el primer discurso que suene convincente. La paz no nace de la ignorancia; más bien todo lo contrario. Y, aunque suene poco espectacular, formar ciudadanos críticos probablemente tenga más impacto que mil declaraciones bien intencionadas.

El tercero es la acción social, pero con un matiz importante: ayudar no es suficiente. Sí, suena duro, pero es así. La ayuda que no transforma termina siendo una forma elegante de mantener las cosas como están. Ser operativos implica apostar por procesos que devuelvan autonomía, que generen dignidad, que incomoden un poco las estructuras que producen desigualdad. Lo otro —la ayuda que tranquiliza conciencias— ya está bastante cubierto.

El cuarto es la defensa de los derechos humanos. Aquí tampoco hay mucha novedad, salvo que hacerlo en serio suele ser menos cómodo de lo que parece. Defender derechos implica, a veces, ir en contra de corrientes, de discursos dominantes, incluso de silencios cómplices. Y no, no es partidismo: es coherencia. Pero claro, la coherencia tiene la mala costumbre de exigir costos.

El quinto, quizá el más traicionero, es el uso de la palabra. En una época donde todos hablamos —y mucho—, elegir no alimentar el odio ya es un acto significativo. No compartir la mentira conveniente, no amplificar el prejuicio de moda, no sumarse al linchamiento digital… pequeñas decisiones que, acumuladas, hacen más por la paz que muchos discursos solemnes.

Nada de esto suena heroico. Y ese es precisamente el punto.

Hemos romantizado tanto la idea de cambiar el mundo que olvidamos que, en la práctica, se parece más a una suma de gestos persistentes que a grandes momentos épicos. Es menos épico y más cotidiano. Menos grandioso y más incómodo.

Por supuesto, hay obstáculos.

El primero es la coherencia, esa virtud incómoda que arruina cualquier discurso bonito si no viene acompañada de hechos. No podemos aspirar a un mundo distinto actuando igual que siempre. Puede parecer obvio, pero la historia demuestra que no lo es tanto.

El segundo es la apertura. Durante mucho tiempo, la masonería ha cultivado cierta reserva que, en su contexto, tenía sentido. Pero hoy, ser operativos implica dialogar más con el mundo, dejar de hablar solo entre nosotros. Porque, aunque resulte tranquilizador, el mundo no cambia dentro de una burbuja.

El tercero es la costumbre. Las tradiciones, cuando se vuelven intocables, dejan de ser herramientas y se convierten en excusas. Ser fieles a los principios no significa repetir formas; significa hacerlos vivir en contextos nuevos. Y eso, inevitablemente, implica incomodidad.

Al final, la fraternidad no es una idea: es una práctica. Y la paz no es un destino lejano: es una construcción diaria, imperfecta, a veces frustrante.

Quizá no podamos cambiar el mundo de una vez —sería pretencioso incluso intentarlo en una conferencia—, pero sí podemos dejar de comportarnos como si nada dependiera de nosotros. Que, curiosamente, es una de las formas más eficaces de garantizar que nada cambie.

Pasar de lo especulativo a lo operativo es, en el fondo, aceptar que nuestras ideas no valen por lo bien que suenan, sino por lo que hacen en la realidad.

Y eso —aunque menos poético de lo que quisiéramos— tiene la ventaja de ser cierto.

Es mi palabra.


 


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