Por
Margarita ROJAS-BLANCO M.·. M.·.
Gran Logia
Central de Colombia - G.·.L.·.C.·.C.·.
Ilustre Hermano Presidente de Clipsas
Louis Daly
Ilustre Hermano Vicepresidente de
Clipsas a cargo del Coloquio
Ilustres Hermanos y Hermanas miembros
del Buró de Clipsas
Ilustres Grandes Maestros y Grandes
Maestras
Ilustres Hermanos y Hermanas Jefes de
Delegación de las Obediencias miembros de Clipsas
Mis Queridos Hermanos y Hermanas en sus
Grados y Calidades:
Hablar de fraternidad y de paz en el
mundo suele ser un acto elegante: palabras bien peinadas, conceptos que suenan
redondos y una sensación agradable de estar del lado correcto de la historia.
Casi como si bastara pronunciarlas para que el mundo, obediente, se acomodara.
Pero no. El mundo no se arregla con discursos, aunque los discursos, bien
usados, pueden al menos incomodar lo suficiente como para que alguien haga algo
distinto después.
Vivimos tiempos curiosos: nunca habíamos
estado tan conectados y, sin embargo, tan hábilmente separados. Nos indignamos
en tiempo real, opinamos con fervor y, acto seguido, seguimos con nuestras
vidas como si la indignación fuera una especie de gimnasia moral que nos
mantiene en forma sin necesidad de mover un solo músculo en la realidad.
En ese escenario, la masonería corre el
riesgo —y sería una ironía bastante pobre— de convertirse en una hermosa
colección de ideas que se contemplan a sí mismas. Una especie de museo del
pensamiento fraternal donde todo está perfectamente ordenado… excepto el mundo
allá afuera.
Porque sí, hemos aprendido a trabajar la
piedra bruta, a pulirnos, a pensar, a cuestionar. Hemos sido, durante mucho
tiempo, magníficos especulativos. Y no hay nada malo en eso… salvo cuando se
vuelve suficiente.
El problema empieza cuando confundimos
la comprensión con la acción, como si entender la fraternidad fuera lo mismo
que practicarla. Como si reflexionar sobre la paz tuviera, por sí mismo, algún
efecto sobre la violencia. Es una idea tentadora: pensar que el mundo mejora
porque nosotros lo pensamos mejor.
Pero el mundo —terco, imperfecto, bastante indiferente a nuestras elucubraciones— sigue esperando otra cosa.
Pasar de lo especulativo a lo operativo
no es traicionar la esencia de la masonería; es, en todo caso, tomársela en
serio.
Ser operativos hoy significa algo
incómodo: que no basta con ser lúcidos en el templo si afuera somos
indiferentes. Que no sirve de mucho hablar de igualdad si en la práctica
toleramos pequeñas injusticias porque “no nos corresponde”. Que la fraternidad no
es un concepto abstracto sino una práctica concreta… incluso cuando resulta
poco elegante, poco cómoda o poco aplaudida.
Y aquí empiezan las malas noticias: no
hay fórmulas mágicas.
Pero sí hay caminos.
El primero —y quizá el más subversivo en
estos tiempos— es el diálogo real. No el diálogo decorativo donde todos hablan
y nadie escucha, sino ese otro, más difícil, donde uno corre el riesgo de
cambiar de opinión. En un mundo que se alimenta de certezas absolutas, sentarse
a escuchar al otro puede parecer una pérdida de tiempo… o una pequeña
revolución.
Las logias podrían ser, si quisieran,
algo más que espacios de reflexión interna: podrían convertirse en territorios
de encuentro entre diferencias. No para resolverlo todo —eso sería demasiado
optimista—, pero al menos para empezar a desarmar la lógica cómoda del “ellos
contra nosotros”, que tan buenos resultados ha dado… para empeorar las cosas.
El segundo camino es la educación. No en
el sentido solemne y distante, sino en el cotidiano: enseñar a pensar, a dudar,
a no tragarse entero el primer discurso que suene convincente. La paz no nace
de la ignorancia; más bien todo lo contrario. Y, aunque suene poco
espectacular, formar ciudadanos críticos probablemente tenga más impacto que
mil declaraciones bien intencionadas.
El tercero es la acción social, pero con
un matiz importante: ayudar no es suficiente. Sí, suena duro, pero es así. La
ayuda que no transforma termina siendo una forma elegante de mantener las cosas
como están. Ser operativos implica apostar por procesos que devuelvan
autonomía, que generen dignidad, que incomoden un poco las estructuras que
producen desigualdad. Lo otro —la ayuda que tranquiliza conciencias— ya está
bastante cubierto.
El cuarto es la defensa de los derechos
humanos. Aquí tampoco hay mucha novedad, salvo que hacerlo en serio suele ser
menos cómodo de lo que parece. Defender derechos implica, a veces, ir en contra
de corrientes, de discursos dominantes, incluso de silencios cómplices. Y no,
no es partidismo: es coherencia. Pero claro, la coherencia tiene la mala
costumbre de exigir costos.
El quinto, quizá el más traicionero, es
el uso de la palabra. En una época donde todos hablamos —y mucho—, elegir no
alimentar el odio ya es un acto significativo. No compartir la mentira
conveniente, no amplificar el prejuicio de moda, no sumarse al linchamiento
digital… pequeñas decisiones que, acumuladas, hacen más por la paz que muchos
discursos solemnes.
Nada de esto suena heroico. Y ese es
precisamente el punto.
Hemos romantizado tanto la idea de
cambiar el mundo que olvidamos que, en la práctica, se parece más a una suma de
gestos persistentes que a grandes momentos épicos. Es menos épico y más
cotidiano. Menos grandioso y más incómodo.
Por supuesto, hay obstáculos.
El primero es la coherencia, esa virtud
incómoda que arruina cualquier discurso bonito si no viene acompañada de
hechos. No podemos aspirar a un mundo distinto actuando igual que siempre.
Puede parecer obvio, pero la historia demuestra que no lo es tanto.
El segundo es la apertura. Durante mucho
tiempo, la masonería ha cultivado cierta reserva que, en su contexto, tenía
sentido. Pero hoy, ser operativos implica dialogar más con el mundo, dejar de
hablar solo entre nosotros. Porque, aunque resulte tranquilizador, el mundo no
cambia dentro de una burbuja.
El tercero es la costumbre. Las
tradiciones, cuando se vuelven intocables, dejan de ser herramientas y se
convierten en excusas. Ser fieles a los principios no significa repetir formas;
significa hacerlos vivir en contextos nuevos. Y eso, inevitablemente, implica
incomodidad.
Al final, la fraternidad no es una idea:
es una práctica. Y la paz no es un destino lejano: es una construcción diaria,
imperfecta, a veces frustrante.
Quizá no podamos cambiar el mundo de una
vez —sería pretencioso incluso intentarlo en una conferencia—, pero sí podemos
dejar de comportarnos como si nada dependiera de nosotros. Que, curiosamente,
es una de las formas más eficaces de garantizar que nada cambie.
Pasar de lo especulativo a lo operativo
es, en el fondo, aceptar que nuestras ideas no valen por lo bien que suenan,
sino por lo que hacen en la realidad.
Y eso —aunque menos poético de lo que
quisiéramos— tiene la ventaja de ser cierto.
Es mi palabra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario