Nadie dice “tengo miedo”, porque
el miedo parece no estar en el ritual. Nadie dice “no puedo”, porque el mallete
solo sirve para golpear hacia adelante, nunca para apoyarse y poder levantarse.
Entonces se instala una competencia silenciosa, un campeonato de medallas
visibles: quién es más exitoso, quién ha llegado más alto, quién habla desde un
cargo más rimbombante. Se confunde el progreso interior con el currículum, y la
piedra bruta empieza a parecerse demasiado a un perfil de LinkedIn.
En la masonería nadie se quiebra.
O, mejor dicho: nadie se quiebra en público, que es la forma más respetable de
no quebrarse nunca. Todo parece estar dispuesto para que el hermano llegue
entero, firme, con la voz bien colocada y la biografía ordenada
cronológicamente hacia el éxito. El templo no tiene espacio para el titubeo; si
lo tiene, está muy bien disimulado detrás de columnas, mandiles y palabras
solemnes que suenan a certeza.
Uno entra creyendo que va a
aprender a conocerse y descubre, con el tiempo, que también aprende a
administrarse. A dosificarse. A mostrar solo lo que luce. Porque hay algo
tácito, nunca escrito, que se transmite con la eficacia de los secretos mejor
guardados: aquí no se viene a fallar, se viene a haber llegado. Nadie dice eso,
claro. Pero todos lo saben. Aquí se viene a mostrar, así sea por medio de
pequeñas intrigas de barrio.
La vulnerabilidad es una especie
de profanación. No figura en los rituales, no se menciona en las planchas, no
se sugiere en los brindis. El hermano puede hablar de ética, de humanidad, de
la caída de los imperios y de la elevación del espíritu, pero no puede decir
“estoy perdido”. Puede citar a los clásicos, pero no confesar que anoche no
durmió. Puede disertar sobre la piedra bruta durante cuarenta minutos sin
admitir que todavía no sabe por dónde empezar a pulirse el mismo.
Entonces ocurre algo extraño: una
orden que proclama la fraternidad como principio termina funcionando, a ratos,
como una vitrina. Cada uno expone su mejor pieza. El cargo que tuvo. El cargo
que tendrá. El proyecto que lidera. El éxito que lo legitima. Se habla poco del
fracaso porque el fracaso no da prestigio; no suma grados simbólicos, no abre
puertas, no invita a la mesa principal.
Así se instala una competencia
muda, sin cronómetro ni trofeos visibles, pero feroz. No es necesario decir “yo
soy más” para que todos lo estén diciendo. Basta con contar la historia
adecuada en el momento justo. Basta con no callar nunca. Basta con no dudar.
Lo curioso es que esta
competencia no siempre es externa. A veces ocurre dentro del propio hermano,
que empieza a compararse con una versión ideal de sí mismo: el masón que
debería ser, el que siempre tiene respuestas, el que nunca vacila, el que
encarna el símbolo sin mancharlo con sudor humano. Y como esa versión es
imposible, el resultado es un cansancio elegante, una fatiga que se disimula
con corrección ritual.
Se compite por el que tenga más “chapitas”
en la solapa, el que acumule más grados, el que tenga más títulos, el que atraiga
más miembros a su logia, así sus estrategias sean mezquinas.
Lo trágico —y también lo más
humano— es que la Orden que habla de fraternidad se vuelve, a veces, un teatro
donde nadie se permite llorar en escena. Como si la vulnerabilidad fuera una
falta de instrucción, como si reconocer una grieta fuera traicionar el ideal. Y
así, rodeados de símbolos que invitan a desnudarse por dentro, muchos siguen
vestidos de éxito, rígidos, impecables, solos.
Conviene recordarlo, para que el
templo no se vuelva un espejo autocomplaciente: hubo masones que no compitieron
por parecer, sino que salieron a hacer. Garibaldi, por ejemplo, no necesitó
cargos rimbombantes, ser pretencioso por sus increíbles números falsos, ni mostrarse
perfecto para justificar su pertenencia; su biografía fue una sucesión de
derrotas, exilios, traiciones, heridas mal cerradas y causas perdidas que
insistieron hasta volverse historia. No fue el hermano exitoso en el sentido
prolijo del término, sino el incómodo, el que fracasaba y volvía a intentarlo,
el que entendió que la fraternidad no se declama bajo techo, sino que se pone a
prueba afuera, donde uno puede perderlo todo. Frente a él, cierta masonería
contemporánea —tan ocupada en exhibir estabilidad y logro— queda peligrosamente
parecida a una sala de espera donde se habla mucho del trabajo, pero pocos se ensucian
las manos. Mas bien se traicionan.
La masonería habla mucho de
trabajo interior, pero no siempre tolera el desorden que ese trabajo produce.
Porque trabajar de verdad hacia adentro implica remover cosas que no combinan
con la solemnidad: inseguridades, contradicciones, miedo al fracaso, sensación
de impostura. Implica aceptar que el templo también podría ser un lugar para
decir “no sé quién soy hoy”, y eso parece demasiado desalineado con la
escuadra.
Hay algo casi teatral en todo
esto. Como si el templo fuera un escenario donde cada quien interpreta el papel
del hermano realizado, del iniciado que avanza sin tropiezos, del masón que ya
entendió. Nadie quiere ser el actor que se equivoca de parlamento. Nadie quiere
romper la ilusión colectiva de que todos saben exactamente qué están haciendo
allí.
Y, sin embargo, basta mirar con
un poco de atención —no mucho, solo un poco— para notar las grietas. Están en
los silencios demasiado largos. En las miradas que se bajan cuando alguien
menciona el fracaso sin querer. En la rigidez de ciertas sonrisas. En la forma
en que se aplaude con entusiasmo excesivo, como si el aplauso también sirviera
para tapar algo.
Tal vez el problema no sea la
masonería, sino el miedo. El miedo a quedar desnudo sin el amparo del símbolo.
El miedo a no estar a la altura de una tradición que parece exigir grandeza
constante. El miedo a descubrir que la fraternidad, si es real, debería poder
soportar el temblor de un hermano que confiesa que no puede más.
Porque la fraternidad verdadera
no se construye con triunfos compartidos, sino con fragilidades admitidas. No
nace cuando todos están bien, sino cuando alguien se atreve a decir que está
mal y no es expulsado del círculo por eso. Pero esa es una fraternidad
incómoda, que no luce bien en discursos ni en actas, que no se deja encuadrar
fácilmente en una plancha prolija.
Quizá por eso cuesta tanto. Es
más fácil competir en éxitos que acompañarse en fracasos. Es más cómodo admirar
al hermano exitoso que sentarse junto al hermano roto. El primero confirma que
el sistema funciona; el segundo lo pone en duda.
Y así, paradójicamente, una orden
que se presenta como espacio de transformación corre el riesgo de volverse un
museo de hombres y mujeres que fingen haber llegado. ¿Llegado a dónde?, no se
sabe bien. Tal vez a una cima imaginaria desde la cual ya no se permite mirar
hacia abajo.
Algún día —porque estas cosas
siempre pasan algún día— alguien hablará fuera de turno. No para lucirse, sino
para decir algo torpe, mal armado, profundamente humano. Dirá que tiene miedo.
Que no entiende. Que se siente pequeño. Y en ese instante, si la masonería
recuerda lo que dice ser, no lo corregirá, no lo silenciará, no lo vestirá de
metáforas apresuradas. Lo escuchará.
Ese día, quizá, el templo dejará de ser una pasarela de éxitos y volverá a ser un taller. Un lugar donde no gana el que parece más sólido, sino el que se anima a mostrar dónde está quebrado. Porque solo ahí —en la grieta, no en el mármol pulido— empieza de verdad el trabajo.
Tal vez algún día alguien se
atreva a levantar la mano en medio del templo y diga, sin metáforas: “no estoy
bien”. Ese día, quizá, la masonería recuerde que la verdadera obra no es
parecer sólido, sino aceptar que toda construcción empieza por reconocer sus
fisuras.
Es mi palabra.