Por Margarita Rojas Blanco
Gran Canciller de la Gran Logia Central de Colombia
Representante de CLIPSAS para América
Por Margarita Rojas Blanco M.·. M.·.
Ponencia presentada en la conferencia "Mujer y Masonería. Tradición que progresa", en Montería, Córdoba el 26 de septiembre de 2025, organizada por la Resp.·. Log Estrella del Sinú No. 57, en el marco de las celebraciones previas al aniversario No. 90 de esta benemérita e histórica logia colombiana.
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Hoy nos convoca (convoca es una palabra solemne, ya lo sé, pero no encuentro otra que tenga ese peso de campana) una fecha cargada de símbolos, de esos que se escapan de los almanaques para ponerse a guiñar desde la esquina: 90 años de historia, de pensamiento, de servicio y de fraternidad. Noventa años desde que las columnas de esta R.·.L.·. Estrella del Sinú se levantaron (como si supieran que todo lo que se levanta es también resistencia), aquí en las sabanas de Montería, para iluminar el camino de generaciones de HH.·. que soñaron un Templo interior y, de paso, una sociedad un poco menos distraída.
Durante siglos, el Arte Real fue
un asunto masculino, como si la piedra, el compás o la escuadra tuvieran dueño
exclusivo. Pero la Luz —y eso lo sabe cualquiera que haya intentado detener un
rayo de sol con la mano— no distingue entre cuerpos, ni calendarios, ni
géneros. Y así, como el río Sinú que no entiende de orillas ni fronteras, la
mujer fue entrando en la masonería con dignidad, con sabiduría, con ese trabajo
callado que después resulta imposible de negar.
En esta casi conmemoración, en
estas vísperas de los 90 años, quiero hablar de eso que parece obvio, pero
sigue siendo revolución: la mujer como pilar de la masonería moderna.
La historia oficial nos repite
que la masonería se cocinó en un mundo masculino. Los gremios medievales,
hombres que tallaban piedra y sudaban sobre catedrales, cerraron la puerta con
naturalidad (el candado no era contra ellas, pero ellas no estaban invitadas).
Y la sociedad de entonces —ya se sabe, cuna y cárcel— las relegaba al ámbito
doméstico. Sin embargo, el siglo XVIII trajo esas primeras mujeres que se
colaron en la historia como quien empuja una ventana mal cerrada. Y desde
entonces el aire entró distinto.
Elizabeth Aldworth, por ejemplo,
Irlanda, principios del XVIII: cuenta la tradición que vio lo que no debía ver,
un ritual, y que la única manera de guardar el secreto fue iniciándola.
Paradoja deliciosa: para mantener el misterio, había que compartirlo. Desde
entonces su nombre es símbolo, prueba de que no había nada que la mujer no
pudiera comprender.
Saltemos: 1775, París, logia de
la Candeur. Allí aparecen las llamadas logias de adopción. Esta logia está
asociada con la universidad luterana de Estrasburgo, si, la ciudad que le
dio la luz al Clipsas.
Dependían de las logias masculinas,
sí, pero eran un espacio, y en ese espacio se movían princesas como la Lamballe
— amiga de María Antonieta— o la marquesa de Xaintrailles, que de pronto se
reconocían como masonas.
Las logias de adopción
eran asociaciones masónicas creadas en el siglo XVIII, especialmente en
Francia, para permitir la participación de las mujeres, que no eran admitidas
en las logias masculinas por las Constituciones de Anderson. Funcionaban
bajo la tutela de una logia masculina matriz y permitían la iniciación de
mujeres en una logia mixta con rituales propios.
Las Constituciones de Anderson de
1723 establecieron que las logias masónicas eran solo para hombres,
argumentando que las mujeres no eran plenamente libres. La solución
francesa: ante esta exclusión, en 1774 se fundaron en Francia las primeras
logias de adopción para mujeres, que eran dependientes de logias
masculinas. Una decisión patriarcal y, a decir verdad, bastante natural
para la época, en la que la mujer era vista más como un adorno, que como un ser
con igualdad de derechos y deberes, de capacidades y potencialidades como un
hombre: “Las mujeres que adornan las columnas”, como si fuéramos farolitos.
Un día, un señor llamado Albert
Mackey en el año 1858, se inventó 25 reglas sacadas debajo de la manga de su
sacoleva, en donde haciendo uso de una infinita creatividad, se inventó las
reglas para poder ser masón. Esto en últimas no es tan interesante, lo
realmente ridículo, es que un ejército de señores aceptó y aprobó su propuesta
como palabra sagrada, y convinieron en que había que cumplir estas reglas a
cabalidad. Estas reglas son los landmarks. El 25 y ultimo dice “Ninguno de
estos Landmarks podrá ser cambiado nunca en lo más mínimo”. Se tenía confianza
el señor Mackey.
De los 25 landmarks, el más
pintoresco es el 18: “Las mujeres, los cojos, los lisiados, los esclavos, los
mutilados, los menores de edad y los ancianos, no pueden ser iniciados”.
De acuerdo con la OMS, se es anciano
a partir de los 60 años, entonces, si aplicamos las Constituciones de Anderson
con rigurosidad, el 60% de los masones hombres tendrían que irse de la
masonería. En derecho, cuando un legislador no diferencia o distingue un
concepto en la ley, significa que no le corresponde al intérprete hacer esa
distinción. Este principio, resumido en el aforismo latino "ubi lex
non distinguit, nec nos distinguere debemus", lo que básicamente nos dice
es que, donde la ley no distingue, tampoco debemos distinguir. Si no aceptan
mujeres, entonces tampoco acepten ancianos. ¿Bastante absurdo todo, ¿verdad? Bizarro.
Los landmarks se me parecen un
poco a la doctrina de la cienciología, que dice así: Xenu era el dictador
de la Confederación Galáctica, que hace 75 millones de años trajo miles de
millones de personas a la Tierra en naves espaciales parecidas a
aviones DC-8. Seguidamente, los desembarcó alrededor de volcanes y los
aniquiló con bombas de hidrógeno. Sus almas (en inglés body
thetans) se juntaron en grupos y se pegaron a los cuerpos de los vivos, y
aún siguen creando caos y estragos.
Los cienciólogos lo conocen como
el «Incidente II», y las memorias traumáticas se asocian a estos como el «Muro
de Fuego» o el «implante R6». La historia de Xenu es una pequeña parte de la
gran gama de creencias de la cienciología, sobre civilizaciones extraterrestres
y sus intervenciones en acontecimientos terrenales en conjunto, descritos como
la obra sobre los viajes en el espacio por L. Ron Hubbard, escritor
de ciencia ficción y fundador de la cienciología. Mackey no dista
mucho de Ron Hubbard. “Somos dioses pero no lo recordamos” me dijo una vez un
cienciólogo que no logró convencerme.
Pero como todo lo que sube tiene
que caer, llega el gran quiebre: María Deraismes y Georges Martin, París, 1882.
Ella, periodista, filósofa, feminista. Él, médico con ideas de futuro. La
iniciación de Deraismes en una logia masculina fue escándalo de salón, pero
lejos de amedrentarse, en 1893 fundaron “Le Droit Humain”. Una orden mixta,
internacional, que se expandió como fuego en pólvora, por Europa, por América
Latina. Hasta hoy, donde sigue siendo faro.
Mientras tanto nacían también
logias femeninas: la Gran Logia Femenina de Francia en 1945, y luego en nuestra
América Latina. Rituales semejantes a los de los hombres, pero con esa música
distinta, con un énfasis en igualdad, en derechos, en justicia social.
Y los nombres siguen apareciendo
como piezas de un dominó que se niega a detener: Annie Besant, feminista,
teósofa, expandiendo “Le Droit Humain” en Reino Unido e India.
Annie Besant fue una figura clave
en la masonería mixta internacional "Le Droit Humain" (El Derecho
Humano), introduciendo la masonería integrada por hombres y mujeres en Gran
Bretaña en 1902 y fundando la primera Logia británica en París. Su trabajo
ayudó a expandir la Orden, que promueve la igualdad de hombres y mujeres y la
fraternidad humana a través de métodos rituales y simbólos, trabajando por el
progreso social y personal de sus miembros.
En 1902, Besant fue iniciada en
París y, junto con otros miembros, fundó la Logia "Deber Humano" No.
6 en Gran Bretaña. Inicia la expansión.
Es así como Besant, fue una
reconocida feminista, librepensadora y teósofa, fundamental en la expansión de
"Le Droit Humain" en la cultura anglosajona. La mixidad era
imparable.
Al ser instalada como la primera
Muy Venerable Maestra de la logia, Besant afirmó que los franceses traían de
vuelta a Inglaterra la masonería "regenerada y completada" por la
admisión de mujeres.
También estuvo Helena Blavatsky
dando sus propias luchas, fundadora de la Sociedad Teosófica, vinculada a
corrientes masónicas esotéricas y como no, Clara Campoamor, luchadora por el
voto femenino en España, muy cercana a la masonería liberal.
Aquí, en Colombia y en toda
América Latina, cada vez más mujeres no solo entran a las logias, sino que las
conducen, que alcanzan grandes maestrías, que abren la masonería hacia lo
internacional con ética, con educación, con mirada transformadora.
No fue fácil, claro. Nunca lo es.
La inclusión femenina fue una conquista lenta, a contracorriente. Pero esa
terquedad —la de no aceptar un no repetido por siglos— abrió la puerta a la
diversidad que hoy celebramos. Y la mujer no solo aporta inteligencia y
sensibilidad: también liderazgo, también firmeza, también compromiso con esos
viejos ideales que siguen latiendo: libertad, igualdad, fraternidad.
El camino no se acabó. Sigue,
como todos los caminos que valen la pena. Y toda logia —femenina, mixta o
masculina— tendrá que reconocer, tarde o temprano, que la masonería no será
plena si no es inclusiva.
Ya casi celebramos los primeros 90
años de la R.·.L.·. Estrella del Sinú, sí, pero celebramos también el porvenir.
Porque parte de ese futuro, parte del destino de la masonería universal, pasa
por la integración plena de la mujer. Porque la masonería no es masculina ni
femenina: es iniciática.
Y aquí, en estas sabanas donde el
río se enreda con la historia, con el arte y la palabra que viajan sobre el
planchón, que resuene como eco obstinado: la masonería que honra su pasado y
entiende su presente, es la misma que no teme construir su porvenir con manos
de mujer.
Por la continuidad de la Luz, por
la inclusión, por los próximos 90 años de trabajo masónico de la Logia Estrella
del Sinú, con sabiduría y con coraje hermanas mías.
Es mi palabra.