Por
Margarita Rojas Blanco
Hubo
un tiempo —dicen los papeles amarillos que nadie lee y las bibliotecas donde el
polvo tiene doctorado en paciencia— en que un grupo de hombres se reunía no
para mirarse las solapas sino para mirarse el pensamiento. No se juntaban para
ser importantes sino para entender por qué la importancia es una superstición
social comparable a tocar madera o soplar velas de cumpleaños.
Aquellos
hombres, que no sabían todavía que el futuro los convertiría en estatuillas de
cera dentro de vitrinas institucionales, creían estar inaugurando algo parecido
a una conversación infinita. No un club. No una cofradía. Una conversación.
Y
es que hay fechas que parecen bostezos del calendario, y sin embargo son
puertas. 1717, por ejemplo. Tabernas londinenses, lluvia disciplinada cayendo
afuera, y un grupo de hombres decide fundar algo que no existía todavía del
todo: la primera Gran Logia organizada de la historia. No lo sabían —nadie sabe
nunca cuándo está inaugurando un siglo— pero ese gesto iba a convertirse en una
de las invenciones sociales más curiosas de la modernidad: una fraternidad sin
apellido, una hermandad sin sangre, un club que aspiraba a ser idea.
Imagínese
la escena: Londres todavía huele a carbón, a cerveza fría, a imprentas húmedas.
Afuera llueve con ese entusiasmo británico que parece burocrático. Adentro, en
una mesa de madera manchada de siglos anticipados, alguien pregunta si la
verdad puede discutirse sin que nadie quiera adueñarse de ella. Otro responde
que la verdad es como un gato: se acerca cuando nadie la llama. Un tercero
dibuja un triángulo en el aire y dice que la geometría es una forma de ética. Y
así, entre símbolos prestados, metáforas de albañil y sueños de igualdad, nace
una fraternidad que no quiere parecerse a nada conocido. Pero se nos olvidó.
No
eran albañiles medievales resucitados ni herederos secretos de Egipto. En adelante, eran según los registros reales y comprobados con evidencias documentales de
membresía: médicos, comerciantes, relojeros, impresores, abogados, algún
clérigo liberal, varios curiosos profesionales. Gente de café, de imprenta, de
conversación. Gente que sospechaba que el mundo podía pensarse mejor si se lo
pensaba en voz alta y entre varios.
El
experimento era sencillo y revolucionario: reunirse como iguales en una época
que no creía en la igualdad, y en el siglo XVIII eso era dinamita filosófica. Pero
se nos olvidó.
La
masonería nace en la Europa de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII y fue
inventada en la confluencia de las Islas británicas, Holanda y Francia durante
el paso del siglo XVII al XVIII. No es una
continuación directa de los gremios medievales de constructores, sino una
creación cultural propia de la modernidad ilustrada. Es producto de la
Ilustración y de grandes cambios culturales y surge en el clima intelectual del
Siglo de las Luces, caracterizado por ciencia, razón, universalismo y libertad
de conciencia. Formaba parte de un proceso más amplio: la aparición de
asociaciones civiles modernas, ligadas al nacimiento de la sociedad civil y de
ideas democráticas. Es uno de los mejores
ejemplos de las neotradiciones: esas comunidades modernas que crean mitos
fundacionales para legitimarse.
Los
relatos sobre orígenes en Egipto, Noe, templarios o gremios medievales son
mitos construidos después y se crearon para dar identidad, legitimidad y
cohesión simbólica a la organización. Realmente se formó combinando modelos
previos y no surgió de una sola fuente, sino de la mezcla de varios tipos de
asociaciones existentes:
- Las sociedades de socorro mutuo
- Logias corporativas escocesas
- Sociedades secretas protestantes y católicas
Durante
sus primeras décadas, la masonería creció con la velocidad de las ideas nuevas.
En los años 1720 ya había logias en Francia; hacia 1730 aparecían en Holanda, y
pronto en casi toda Europa. La expansión no fue militar ni política: fue
social. Se propagaba como se propagan las conversaciones interesantes, de boca
en boca y de mesa en mesa.
Los
símbolos que usaban —escuadras, compases, columnas— no pretendían demostrar
antigüedad, sino sugerir método. Eran metáforas visuales para hablar de ética,
conocimiento, carácter. Una pedagogía disfrazada de ritual. Una filosofía que
prefería la alegoría al sermón.
Pero
el poder, como los gatos ariscos, desconfía de lo que no entiende. Y así llegó
1738, otra fecha con vocación de puerta: el papa Clemente XII promulgó la bula
In eminenti apostolatus, primer documento oficial que condenaba la masonería.
No la acusaba de crimen concreto; la acusaba de reunirse. De reunirse sin
permiso, sin supervisión, sin confesionario. Era suficiente.
Las
monarquías absolutas tomaron nota. Austria la prohibió. Rusia la vigiló. España
la persiguió. El razonamiento era simple y universal: cualquier grupo que
converse libremente es potencialmente peligroso.
Y,
sin embargo, la fraternidad sobrevivió. Porque las ideas que encuentran forma
social desarrollan una extraña resistencia biológica. Se repliegan, mutan, se
adaptan. Como ciertas plantas que crecen entre las grietas del cemento.
En
América, mientras tanto, ocurría algo interesante. Algunas pocas figuras de las
independencias —documentadas, con firmas y actas que no admiten
fantasía— pertenecían a logias. No porque la masonería organizara revoluciones
(eso es novela), sino porque ofrecía algo raro para la época: redes de
confianza entre personas de distintos orígenes. En un mundo colonial
jerárquico, sentarse en igualdad simbólica era ya un pequeño ensayo de
república.
Hasta
ahí, la historia parece luminosa. Y lo fue, en buena medida. Pero toda luz
proyecta sombra, y las instituciones humanas tienen la mala costumbre de
enamorarse de su reflejo.
La finalidad original de la masonería fue principalmente social, filosófica y política:
- Unir a personas más allá de religión, nación o clase social
- Servir como espacio de diálogo racional y tolerante
- Promover valores ilustrados: igualdad, mérito, libertad y responsabilidad
- Actuar como una especie de “centro de unión para los ciudadanos del mundo”, pero se nos olvidó.
Las
logias eran concebidas como escuelas de igualdad y libertad de conciencia y se
esperaba que los hermanos reflexionaran juntos en armonía sobre temas
interesantes, no que se aprendieran de memoria los rituales y los recitaran con
el pecho inflado, y vendieran la idea de que lo importante era eso. No, eso era
la forma, aprenderse un ritual era la forma, aprenderse una liturgia era la
forma, saber caminar por el templo con los signos y morisquetas adecuados eran
la forma, el fondo era la reflexión del mundo que los rodeaba y como se
trataban unos a otros.
La
masonería no fue pensada por Noe, ni por Jesús, o algún misterioso egipcio, no
la construyó el rey Salomón de quien no hay una sola prueba arqueológica de su existencia,
tampoco tiene que ver con los caballeros templarios, ni era la intención que se
transmitiera en secreto, la masonería no tiene relación alguna original con la
cábala, ni con el horóscopo, ni con los Therian.
No
hay evidencia histórica ni arqueológica sólida que respalde ninguna de estas
afirmaciones. Los historiadores las consideran relatos simbólicos o
identitarios, no hechos históricos.
Por ejemplo sobre el mito fundacional del Templo de Salomón, el llamado Primer
Templo descrito en la Biblia habría sido construido en Jerusalén en el siglo X
a. C. y destruido por los babilonios en 586 a. C.
Existe
evidencia arqueológica sólida de que Jerusalén fue destruida por Babilonia en
el siglo VI a. C. Hay registros históricos babilónicos que confirman esa
conquista y restos arqueológicos de estructuras monumentales de la época en la
región.
Lo
que no existe es algún resto arqueológico identificado con certeza como el
templo mismo, ni inscripciones contemporáneas que mencionen explícitamente el
templo de Salomón.
El
principal problema es que el supuesto lugar donde estuvo —la explanada del
Monte del Templo— es uno de los sitios religiosos más sensibles del mundo, y no
se puede excavar arqueológicamente allí. Eso limita enormemente la posibilidad
de pruebas directas.
Y
sobre la existencia del rey Salomón, la situación es parecida pero un poco más
clara. La mayoría de historiadores considera probable que haya existido un
gobernante histórico detrás de la figura bíblica. La razón es que La Estela de
Tel Dan (siglo IX a. C.) menciona la “Casa de David”, lo que confirma que la
dinastía davídica fue real y si David existió como rey histórico, es plausible
que su sucesor Salomón también haya existido, peeeero, no hay inscripciones
contemporáneas conocidas que mencionen directamente a Salomón. Los relatos
bíblicos sobre su riqueza, palacios y poder son vistos por muchos académicos
como exageraciones literarias posteriores. No hay pruebas arqueológicas
directas del Templo de Salomón. Es probable que haya existido un rey histórico
en quien se basa la figura de Salomón, pero su biografía bíblica está
probablemente idealizada.
Los
que si existieron con toda seguridad y pruebas, son los gremios de
constructores con rituales y reglas internas, pues existen documentos de logias
escocesas del siglo XVI al XVII, pero no hay prueba de continuidad directa
entre esos gremios y la masonería moderna organizada del siglo XVIII.
La
masonería fue creada conscientemente en el siglo XVIII, tomó símbolos
medievales, bíblicos y antiguos como lenguaje simbólico, y su verdadero origen
es el contexto ilustrado europeo, en este sentido los relatos antiguos son construcciones posteriores y el
objetivo no era preservar un secreto antiguo, sino crear una fraternidad
moderna universalista. Pero eso se nos olvidó.
En
una Europa marcada por guerras religiosas y conflictos políticos, se buscaba un
lugar donde personas de distintas creencias y posiciones sociales pudieran
reunirse en igualdad, sin discutir religión ni política partidista.
Era una respuesta a la intolerancia del siglo XVII. La idea era construir una fraternidad basada en valores ilustrados. Querían promover ideales emergentes de la Ilustración:
- Tolerancia
- Racionalidad
- Educación
- Mérito personal
- Libertad de conciencia
Las
logias funcionaban como espacios de conversación intelectual y formación moral y
puede decirse que la masonería fue una de las primeras redes sociales de la historia.
Pero se nos olvidó.
Las
logias servían como redes de contactos, círculos de sociabilidad moderna y espacios
seguros para debatir ideas filosóficas y científicas.
En
una época donde aún no existían partidos modernos ni asociaciones civiles
masivas, estas sociedades cumplían ese papel. La idea inicial también era crear
un modelo simbólico de sociedad ideal. Los rituales, símbolos de construcción y
relatos antiguos no eran fines en sí mismos, sino herramientas pedagógicas. Buscaban
enseñar, mediante símbolos, valores como la igualdad entre personas, el trabajo
interior y el perfeccionamiento moral.
Los
estudios históricos coinciden en que los primeros masones en Inglaterra (siglo
XVIII) no eran constructores medievales, sino sobre todo hombres urbanos de
sectores ilustrados y emergentes. Predominaban profesionales y clases medias
educadas, en donde muchos eran médicos, abogados, comerciantes, científicos
aficionados, impresores y funcionarios, es decir, miembros de la burguesía
ascendente, no aristócratas feudales ni obreros manuales.
También
había nobles… pero no eran mayoría inicial. Algunos aristócratas se unieron,
especialmente cuando la masonería empezó a volverse prestigiosa socialmente. Su
presencia ayudó a legitimar las logias, pero el impulso inicial vino más de
sectores ilustrados urbanos.
Estaban
también los interesados en ciencia, filosofía e ideas modernas. Muchos estaban
vinculados al ambiente intelectual de la época, en particular a sociedades
científicas, clubes de debate y cafés literarios.
Fueron
masones comprobados Jean Théophile Désaguliers, científico y clérigo. Fue Gran
Maestro y organizador clave de la masonería temprana inglesa. James Anderson autor
de las Constituciones de 1723, primer texto fundacional oficial. Sin embargo,
aunque la Gran Logia de Londres se formó el 24 de junio de 1717 en la taberna
Goose and Gridiron, (que también hay dudas) hay un problema histórico: no se
conservan listas completas de asistentes. Sabemos que eran miembros de cuatro
logias londinenses, pero los nombres de todos no quedaron registrados, en todo
caso el primer Gran Maestro conocido fue Anthony Sayer.
Caso
famoso pero incorrecto: Isaac Newton. No hay evidencia de que haya sido masón.
Es una atribución popular, pero sin documentos.
Donde
sí hay abundantes registros es en Estados Unidos. George Washington fue iniciado
en 1752. Hay actas de logia y registros ceremoniales. Benjamín Franklin, un masón
activo, Gran Maestro en Pensilvania y editor de textos masónicos, Paul Revere patriota
de la Revolución y Gran Maestro de Massachusetts.
En
Francia masones comprobados así sea de tres meses de iniciados, Voltaire, iniciado
en 1778 en París a sus 84 añitos. Existen registros de su ceremonia. Gilbert du
Motier de Lafayette, documentado miembro de logia. Participó tanto en la
independencia estadounidense como en la política francesa, Louis Philippe II
d’Orléans, Gran Maestro del Gran Oriente de Francia.
Así
mismo hay nombres que suelen aparecer en listas populares, pero los
historiadores no tienen consenso como con Montesquieu, probable pero no seguro
y Rousseau, no comprobado, porque no hay actas, ni listados de membresía con su
nombre, ni recibos, ni diplomas, ni ninguna evidencia documental que lo
confirme. Existen muchos nombres que se dice que fueron masones por asociación ideológica
mas no por prueba histórica. No confundamos afinidad intelectual con membresía
real.
En
todo caso, cuando se analizan solo casos documentados, aparece un patrón claro:
los masones comprobados eran mayoritariamente, científicos, intelectuales, militares
ilustrados, políticos reformistas, impresores y diplomáticos. No eran
conspiradores secretos, sino miembros activos de la sociedad civil ilustrada.
Entre
1730 y 1790 la masonería fue una de las redes sociales internacionales más
extensas del mundo occidental. No era un gobierno oculto, sino algo más
novedoso para la época, una red voluntaria internacional de sociabilidad
intelectual. Eso era revolucionario en un mundo todavía dominado por jerarquías
hereditarias. Pero se nos olvidó.
La
masonería era parte de esa cultura de discusión racional y sociabilidad
ilustrada. Eran cosmopolitas y tolerantes. Un rasgo clave: solían ser personas
abiertas al intercambio internacional. Las logias reunían individuos de
distintas religiones y nacionalidades, algo poco común entonces.
En
conjunto, buscaban espacios seguros para debatir ideas nuevas, redes sociales
fuera del control estatal o eclesiástico, reconocimiento social basado en
mérito y no en linaje y fraternidad simbólica que superara divisiones
religiosas.
Fue
por todo esto qué la masonería empezó a ser vista como peligrosa. Porque, aunque
originalmente era un espacio de sociabilidad ilustrada, rápidamente despertó
sospechas en autoridades religiosas y políticas del siglo XVIII. Las razones
principales fueron:
Desconfianza
de las iglesias: Las iglesias (especialmente la católica y algunas
protestantes) la miraron con recelo porque reunía personas de distintas
religiones sin exigir una doctrina común, promovía la libertad de conciencia y no
subordinaba sus reuniones a autoridad religiosa. Para instituciones basadas en
verdad doctrinal única, eso parecía relativismo o amenaza a la autoridad
espiritual. Como resultado el papa Clemente XII la condenó oficialmente en
1738.
Temor
de los gobiernos absolutistas: en muchos países europeos el poder político era
monárquico y autoritario. Las logias inquietaban porque se reunían en privado, tenían
redes internacionales y defendían la igualdad simbólica entre miembros.
A
los gobiernos les preocupaba que fueran espacios donde se difundieran ideas
críticas contra el poder.
El
factor secreto: el uso de rituales y juramentos generó sospecha pública. Aunque
esos elementos eran simbólicos y tradicionales, desde fuera se interpretaban
como conspiración. Históricamente, cualquier grupo cerrado genera rumores — y
en esa época más aún.
Asociación
con revoluciones (real o exagerada): en el siglo XVIII y XIX, algunos masones
participaron en procesos políticos reformistas o revolucionarios
(independencias americanas, liberalismo europeo). Eso llevó a que muchos
gobiernos concluyeran: “Si hay revolucionarios masones, entonces la masonería
es revolucionaria.” Aunque en realidad la organización era diversa y no actuaba
como partido político.
Todo
esto llevó a que los masones fueran perseguidos en algunos lugares y en otros
tolerados. La persecución aparece sobre todo en regímenes autoritarios,
confesionales o absolutistas, esto porque la masonería defendía libertad de
conciencia y no obedecía a una autoridad religiosa única. Eso chocaba
frontalmente con sistemas confesionales o Estados con fuerte control religioso
como los Estados Pontificios, España, Portugal, Italia pre-unificación y la América
Latina colonial.
Con
las Monarquías absolutas y regímenes autoritarios donde las logias eran
espacios autónomos de reunión, con igualdad simbólica y circulación de ideas,
se inquietaba a los gobiernos centralizados de Austria, Prusia (en ciertos
periodos), la Rusia zarista y la Francia en etapas previas a la Revolución.
Y
por supuesto en las dictaduras del siglo XX, pues toda red civil independiente
era vista como amenaza al control total del Estado: Franco (España), Salazar
(Portugal), Fascismo italiano, Nazismo (Alemania) y algunas dictaduras
latinoamericanas.
Contrastando
con esto, hubo países donde la masonería fue tolerada o protegida, siendo el
origen Inglaterra, cuna de la masonería moderna, donde fue tolerada porque no
cuestionaba directamente la monarquía constitucional y se mantuvo oficialmente
al margen de la política partidista. Aquí la masonería funcionó como club
cívico ilustrado, no revolucionario.
En
los Países Bajos, se veía como una sociedad comercial, plural y relativamente
tolerante y las logias encajaban bien en ese modelo.
En
la Francia de la post-Revolución, aunque hubo tensiones, la masonería terminó
siendo un espacio republicano, defensora del laicismo e influenciadora de la
construcción del Estado moderno francés.
En
los Estados Unidos la masonería fue ampliamente aceptada, donde muchos de sus líderes
fundadores eran masones, y la clave está en que encajaba con los valores
republicanos de libertad, asociación civil y pluralismo religioso. Pero se nos
olvidó.
El
punto de inflexión no figura en ningún archivo. No hay acta que diga: Hoy
comenzamos a extinguirnos. Ocurre más bien como ocurre el desgaste de una
piedra: por insistencia del tiempo. Las generaciones cambian, los motivos se
diluyen, los símbolos dejan de ser preguntas y pasan a ser decorado. Donde
antes alguien veía una alegoría moral, otro empieza a ver un accesorio
honorífico. La escuadra ya no mide la conducta; mide el prestigio y entonces
aparece el fenómeno más humano de todos: la fascinación por el rango.
Los
primeros reglamentos masónicos hablaban de virtud, estudio, discreción. Los
posteriores empiezan a enumerar títulos. Títulos largos, sonoros, barnizados de
solemnidad. Gran esto. Sublime aquello. Excelentísimo lo otro. Como si la
dignidad pudiera inflarse con sílabas. Como si la profundidad dependiera del
tamaño tipográfico.
No
hay tragedia en eso; hay ironía. La misma organización que nació para
relativizar jerarquías termina produciendo escalafones. La misma fraternidad
que proclamaba igualdad simbólica empieza a discutir precedencias. La misma
institución que buscaba pensamiento libre acaba debatiendo reglamentos internos
con pasión de parlamento bizantino.
No
ocurrió de un día para otro. Ninguna decadencia digna de ese nombre ocurre de
golpe. Fue —es— un proceso lento, casi educado. Una sustitución paulatina: la
pregunta reemplazada por el protocolo, la curiosidad por la ceremonia, la idea
por la forma, los símbolos sobrevivieron, el sentido, a ratos, no tanto.
El
siglo XX añadió un ingrediente paradójico. Mientras algunas logias se
burocratizaban por dentro, varios regímenes totalitarios las perseguían por
fuera. El nazismo las prohibió. El franquismo las criminalizó. El fascismo
italiano las disolvió. Es un dato histórico verificable y delicioso en su
contradicción: aun cuando ciertas logias se habían vuelto socialmente
inofensivas, los autoritarismos seguían temiéndolas como si fueran laboratorios
de revolución.
Tal
vez los dictadores entendían algo que los propios miembros habían olvidado: que
la idea original —personas reuniéndose como iguales para pensar— es, en
esencia, subversiva. Pero se nos olvidó.
No
obstante, la persecución externa no garantiza vitalidad interna. A veces
incluso produce el efecto contrario: una institución acosada tiende a
refugiarse en la forma, a blindarse con ritual, a confundir preservación con
inmovilidad. Y la inmovilidad, tarde o temprano, se parece demasiado a la
muerte.
Hoy
uno entra en ciertos salones —no todos, porque la historia nunca es uniforme— y
percibe una temperatura rara. No es frío físico. Es otra cosa. Una sensación de
museo. Como si el aire estuviera lleno de pasado, pero falto de presente. Las
palabras son correctas, los gestos impecables, los símbolos exactos… y sin
embargo algo no late, es la diferencia entre una conversación y una
representación de conversación.
Los
coleccionistas de títulos abundan donde escasean las preguntas. Es ley de
gravedad psicológica. Cuando el contenido se adelgaza, la forma engorda. Cuando
el pensamiento disminuye, la solemnidad aumenta. Es un mecanismo compensatorio,
como esos edificios con fachadas gigantescas que esconden oficinas diminutas.
Y
entonces aparecen las intrigas pequeñas, esas batallas microscópicas por
cargos, precedencias, reconocimientos. No son conspiraciones históricas ni
complots universales. Son algo mucho más doméstico: rivalidades de pasillo. La
política en miniatura. El rumor. El drama humano reducido a escala de vitrina,
pero de las que son bien chiquititas.
Nada
de eso escandalizaría a los fundadores; los entristecería apenas. Porque
sabrían que no es maldad. Es olvido. Porque se nos olvidó.
Olvidar
es el verdadero peligro de toda tradición. No olvidar los rituales —esos se imprimen
y ya — sino olvidar por qué nacieron. Olvidar que en 1717 no se fundó un club
sino un experimento. Que la escuadra no era insignia sino metáfora. Que la
fraternidad no era consigna sino práctica. Cuando el propósito se borra, la
estructura queda flotando como un traje sin cuerpo.
Y,
sin embargo, incluso ahora, algo persiste. La historia tiene grietas por donde
se cuela el sentido. Siempre hay alguien que llega a una logia buscando
respuestas y termina encontrando preguntas. Siempre hay un miembro que lee, que
duda, que discute, que se incomoda. Las instituciones pueden volverse frías,
pero las personas —algunas personas— siguen teniendo temperatura.
Tal
vez ahí resida la ironía final: la masonería no ha muerto ni se ha perdido;
simplemente se ha dispersado. Su espíritu original —ese impulso de reunirse
como iguales para pensar juntos— aparece hoy en lugares inesperados: círculos
de lectura, cafés filosóficos, coloquios, seminarios informales, grupos de
debate. Espacios sin mandiles ni títulos donde, sin saberlo, se repite el gesto
inaugural de Londres.
La
idea sobrevivió. Cambió de domicilio, porque las ideas verdaderas son nómadas.
No necesitan templos. Les basta una mesa, dos sillas y una pregunta honesta.
Quizá
dentro de cien años algún historiador encuentre un acta olvidada, la lea con
lupa y escriba: “Aquí comenzó algo importante”. Y tal vez no sea una logia ni
una orden ni una sociedad secreta. Tal vez sea simplemente una conversación.
Al
fin y al cabo, eso fue siempre lo único que importó.
Y
lo único que, cuando falta, ningún título rimbombante puede reemplazar.
Es
mi palabra.